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    November 17

    permitirse llorar

    PERMITIRSE LLORAR

    Permitirse llorar no es fácil. Nos han educado para ser fuertes, ser árboles de pie ante las adversidades de la vida.

     

    Muchas veces sentimos angustia, el pecho dolorido ante tantas presiones y seguimos caminando, no nos detenemos a llorar: "debes ser fuerte....." "llorar es de los débiles...", "los hombres no lloran...", "llorar es sinónimo de debilidad..." Tantas frases hemos escuchado en nuestra infancia, en nuestra juventud que ante el dolor, la pérdida, las injusticias, el fracaso no nos permitimos llorar y tantas presiones y exigencias en esos pequeños instantes íntimos, "nuestros", nos dejamos llevar y las lágrimas que ahogan nuestro ser empiezan a brotar...

    Sufrir la pérdida de ciertas cosas es inherente a la vida del ser humano. Muchas veces las cosas que perdemos o que se rompen en nuestras vidas son irreemplazables y ni siquiera nosotros mismos podemos repararlas.

    Los que nos quieren muchas veces pueden ayudarnos a aliviar nuestro dolor y a soportar las pérdidas.

    Cuando somos padres, tratamos de demostrar que somos fuertes a nuestros hijos, que nada nos quiebra, que nada nos duele ya que tememos dañarlos con nuestras debilidades, con nuestras lágrimas y ¡qué equivocados estamos....!

    Ellos saben de nuestras tristezas y de nuestras alegrías, sólo con mirarnos, con abrazarnos, con acariciarnos perciben nuestro dolor.

    No pidamos permiso para llorar...si sentimos que no podemos contener nuestras lágrimas, si sentimos que el corazón nos duele: lloremos...No tenemos que ser fuertes todo el tiempo, toda la vida...Debemos permitirnos ser débiles y dejar que nuestros sentimientos salgan...

    Hoy recuerdo una frase que quedó grabada en mí y que dice todo con pocas palabras:

    "Si nunca encaras tu pena, y dejas de reír para llorar, nunca conocerás la dicha del que deja de llorar para reír"

     

    November 03

    el reloj parado

    El Reloj parado a las 7

     

     En una de las paredes de mi cuarto hay colgado un hermoso reloj antiguo que ya no funciona. Sus manecillas, detenidas desde casi siempre, señalan imperturbables la misma hora: las siete en punto.

     Casi siempre, el reloj es sólo un inútil adorno sobre una blanquecina y vacía pared. Sin embargo, hay dos momentos en el día, dos fugaces instantes, en que el viejo reloj parece resurgir de sus cenizas como un ave fénix.

     Cuando todos los relojes de la ciudad, en sus enloquecidos andares, y los cucús y los gongs de las máquinas hacen sonar siete veces su repetido canto, el viejo reloj de mi habitación parece cobrar vida. Dos veces al día, por la mañana y por la noche, el reloj se siente en completa armonía con el resto del mundo.

     Si alguien mirara el reloj solamente en esos dos momentos, diría que funciona a la perfección... Pero, pasado ese instante, cuando los demás relojes callan su canto y las manecillas continúan su monótono camino, mi viejo reloj pierde su paso y permanece fiel a aquella hora que una vez detuvo su andar.

     Y yo amo ese reloj. Y cuanto más hablo de él, más lo amo, porque cada vez siento que me parezco más a él.

     También yo estoy detenido en un tiempo. También yo me siento clavado e inmóvil. También yo soy, de alguna manera, un adorno inútil en una pared vacía.

     Pero disfruto también de fugaces momentos en que, misteriosamente, llega mi hora.

     Durante ese tiempo siento que estoy vivo. Todo está claro y el mundo se vuelve maravilloso. Puedo crear, soñar, volar, decir y sentir más cosas en esos instantes que en todo el resto del tiempo. Estas conjunciones armónicas se dan y se repiten una y otra vez, como una secuencia inexorable.

     La primera vez que lo sentí, traté de aferrarme a ese instante creyendo que podría hacerlo durar para siempre. Pero no fue así. Como mi amigo el reloj, también se me escapa el tiempo de los demás.

     Pasados esos momentos, los demás relojes, que anidan en otros hombres, continúan su giro, y yo vuelvo a mi rutinaria muerte estática, a mi trabajo, a mis charlas de café, a mi aburrido andar, que acostumbro a llamar vida.

     Pero sé que la vida es otra cosa.

     Yo sé que la vida, la de verdad, es la suma de aquellos momentos que, aunque fugaces, nos permiten percibir la sintonía del universo.

     Casi todo el mundo, pobre, cree que vive.

     Solo hay momentos de plenitud, y aquellos que no lo sepan e insistan en querer vivir para siempre, quedarán condenados al mundo del gris y repetitivo andar de la cotidianidad.

     Por eso te amo reloj. Porque somos la misma cosa tú y yo.

     Extraído del libro de cuentos 'Déjame que te cuente', de Jorge Bucay.