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    September 23

    madurar

     

    POCO A POCO VAMOS MADURANDO

     

     

    Todo en la vida es encanto cuando ingresamos en la adolescencia. Todos los sueños son posibles, todo es fiesta y el paraíso parece estar al alcance de nuestras manos. Pensamos que el primer amor va a durar para siempre, que vamos a progresar en el trabajo, que las personas con las cuales convivimos serán siempre sinceras y gentiles.

    Un día, somos puestos delante de los primeros obstáculos: perdemos nuestro amor, anochece en el paraíso, descubrimos que necesitamos competir y trabajar duro para llegar a algún lugar y que no todas las personas quieren nuestro bien.

     Nuestros sueños se quiebran y adquirimos experiencias, nos volvemos adultos, maduramos. Y duele. Dolemos nosotros, duele nuestro ser, duele la vida.

     Algunas personas desisten, se cansan de los desengaños y se dejan llevar.  

    Nunca crecen, nunca construyen nada. Descreen de los sueños y de su poder mágico. Envejecen prematuramente, se vuelven gruñonas y malhumoradas.

     El mundo está lleno de ellas.

     Sin embargo, hay personas maduras que todavía sueñan. Sólo que es un sueño distinto, no sueñan construir, comenzar, conquistar. Ellas sueñan reconstruir, recomenzar, reconquistar.

     Personas maduras sueñan después de haber vivido, después de haber quebrado la cara, de haber tenido decepciones, de haber tenido pesadillas, aunque ya hayan enfrentado la dura realidad de que no todos los sueños se realizan. Pero ellas saben que vale la pena soñar. Y aún sueñan... conscientemente!

     Aman de nuevo, de nuevo y de nuevo!...Caen, recomienzan y recomienzan cada vez que caen.

    Creen siempre que en la próxima vez va a ser diferente.

     ¡Colocan sus sueños en las manos y no los largan! Generalmente, esas personas viven más tiempo y el tiempo que viven es más aprovechado.

     

    ¡Son idealistas y benditas!

    Las personas maduras que aún sueñan son el sueño de la vida.

    September 02

    el buscador

     
                                   

    EL BUSCADOR

    Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como buscador. Un buscador es alguien que busca. No necesariamente es alguien que encuentra. Tampoco es alguien que sabe lo que está buscando. Es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.

    Un día nuestro Buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Él había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, así que dejó todo y partió. Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, divisó Kammir a lo lejos, pero un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadoras. Estaba rodeaba por completo por una especie de valla pequeña de madera lustrada, y una portezuela de bronce lo invitaba a entrar. De pronto sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar.

    El Buscador traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como por azar entre los árboles. Dejó que sus ojos, que eran los de un buscador, pasearan por el lugar... y quizá por eso descubrió, sobre una de las piedras, aquella inscripción. “Abedul Tare, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días”. Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra. Era una lápida, y sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar… 

    Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenía una inscripción. Al acercarse a leerla, descifró: “Lamar Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas”. El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Este hermoso lugar era un cementerio y cada piedra una lápida. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto, pero lo que lo contactó con el espanto, fue comprobar que, el que más tiempo había vivido, apenas sobrepasaba 11 años. Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar. 

    El cuidador del cementerio pasaba por ahí y se acercó, lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.

    - No, ningún familiar – dijo el buscador - Pero... ¿qué pasa con este pueblo? ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que lo ha obligado a construir un cementerio de niños?

    El anciano cuidador sonrió y dijo: 

    "Puede usted serenarse, no hay tal maldición, lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré... Cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta, como ésta que tengo aquí, colgando del cuello, y es tradición entre nosotros que, a partir de entonces, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abra la libreta y anote en ella: a la izquierda, qué fue lo disfrutado…, a la derecha, cuanto tiempo duró ese gozo. ¿Conoció a su novia y se enamoró de ella? ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana, dos? ¿tres semanas y media? Y después… la emoción del primer beso, ¿cuánto duró? ¿El minuto y medio del beso? ¿Dos días? ¿Una semana?

    ¿Y el embarazo o el nacimiento del primer hijo? ¿y el casamiento de los amigos? ¿y el viaje más deseado? ¿y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano? ¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones? ¿horas? ¿días?…

    Así vamos anotando en la libreta cada momento, cada gozo, cada sentimiento pleno e intenso... y cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba. Porque ése es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido."

    Jorge Bucay